La distancia

El dolor que causa no verte, no escribirte, no borrarte. El dolor que causa que las ciudades se alejen cada vez más, como las historias que tuvimos, como las que no quieren regresar. El dolor que produce la nostalgia y el llanto, de perderse en las inquietudes, en los miedos, en los desencuentros. El dolor de no poder siquiera volver a vernos, volver a querer, volver a pintarte. El dolor de los días que han pasado, y del maldito dinero que encausa la perdida y la acrecienta. Todo por el maldito dinero, por los miles de kilómetros que nos separan y esos billetes que detienen nuestro encuentro. Un día dijimos adiós para volver a vernos, pero jamás creí que podía ser una despedida. Dijimos adiós para volver a encontrarnos, nuevamente, en la esquina que nos escuchaba y se reía con nosotros, y con nuestras risas, con lo sutil de amar entre las caricias del alma, aunque nunca nos dijéramos nada. Un día, el dinero borró todo vestigio de amor, lo convirtió en ataduras, y la distancia se convirtió en un cable marino, emitiendo señales de auxilio a través de dos pantallas distantes. Detrás de esos espejos, dos cuerpos helados, quebrados, intentando rescatarse, mientras el corazón se congela en palabras que no saben besarse, y en miedos que produce la distancia. Podríamos haber sido felices o no, nunca vamos a saberlo. El dolor ha muerto aquí, enterrado en este sufrimiento, gritando unas caricias, abrazando otras almas.

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