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La Curva de Cesteros

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Los seis pasos que hay entre el Palacio Nacional y la Clínica Abel González de Santo Domingo, no sirven para explicar los sucesos inexplicables que ocurren en el Parque Independencia. Médicos y pacientes recorren día a día la curva de la calle Mariano Cesteros, sin encontrar razón alguna a los hechos que allí suceden. Por la noche, un sereno custodia la Clínica y desde una de las ventanas divisa los árboles del Parque. La Avenida Independencia es una de las más transitadas del Distrito Nacional, por lo que resulta muy curioso ver a los turistas detener su marcha cuando pasan por el Parque, y quedarse varios minutos observando aquellos fenómenos. No es para menospreciar, las habladurías de las comadres del lugar que, ante hechos de tal magnitud, avivaron el boca en boca hasta llegar a los periódicos. A partir de eso, fotógrafos, periodistas y eruditos de la farándula dominicana se acercaron al lugar, para ver por ellos mismos lo que allí sucede. Con el pasar de las semanas, el alcalde ...

El campeonato del mundo

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El amor pasó frente a sus ojos en aquel instante. Luego, una ráfaga de viento fuerte, levantó el polvillo del suelo, y le estorbó la visión. Cuando pudo volver a ver, una gran cantidad de nubes grises cubrían el cielo. La tempestad estaba cerca. Puso su pie sobre la esfera de parches, y observó el esquema. A su derecha: su mejor amigo a metros de distancia, inalcanzable. No podría lograr nada por allí. A su izquierda, su rival bloqueando las fases de enganche y desmarque. Tampoco había chances por ese lado. Al frente, tres soldados de artillería pesada, en tres puntos estratégicos. La zona estaba cercada. Dominó el esférico y volvió a su arco, los soldados comenzaron a acercarse rápidamente. Su amigo pidió el balón en la distancia, objeción denegada. Su lateral izquierdo lo pidió también, rechazado. Volvió unos pasos hacia atrás, y eludió a los tres soldados que tenía en frente, en una maniobra táctica de avance estratégico. El cielo comenzó a gritar lentamente, con haces de luz fervor...

El collar de cuentas

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  Detrás de unas nubes color magenta, se escondía Artimud, mientras unos eclóptados giraban en torno a una piedra violeta. Delante de sus pasos, una cebra de color verde fluorescente y unos baobabs jugaban a quererse brevemente. La cebra apenas contestaba las preguntas de aquellos árboles intrincados. <<Que locura>> pensó Artimud <<pensar que nunca había escuchado el lenguaje de los baobabs en la Tierra>> . Detras de sí, una marciana de cabellos grises hablaba con un talagmito de Plutón y unas everniques de Galandea. <<Debo comenzar el viaje rápidamente>> pensó mientras se alejaba, <<aunque no sé por qué me apresuro, si aquí no existe el tiempo>> y sonrió brevemente. Unos ángeles alados de las aldeas del norte aparecieron fugazmente, y se posaron sobre las everniques , que gritaron con rabia. Artimud siguió caminando, y encontró a varios grupos de personas de distintas religiones de la Tierra, que se peleaban por un trofeo dorad...

Borrarte

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Después de perdonarla varias veces, se escapó por sus manos una mirada suya y un par de instantes en el parque. Más tarde, se deslizaron por su piel unos días en Manhattan, unas risas en la playa, y una foto en la esquina de Maître Albert y Montebello. Después de desarmar su primer recuerdo, se le olvidó Cajamarca con sus voces y sus llantos, el retrato vivo de sus ojos, el rojo pastel de sus labios en Montreal, el dos de junio en La Plata, y las voces de sus amigas leyendo Rayuela en el mismo parque. Después de evitar hablarle, de jugar con los haces de luz y las bengalas, se le extravió la noche que se amaron dos veces, las fotografías y los portarretratos, la odisea de volver y no volver, la lenta transición de empezar a amarla. Después de tanto desorden, tanto caos, tanta herida, comenzó a borrar su figura con el pensamiento, desarmando primero sus ojos, luego su llanto, después su sombra, y lentamente el borroneado mapa de su imagen, impávida, inexistente, mientras hablaba con el ...

El hartazgo

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Basta. No lo soporto más. Necesito que lo quiten ya mismo de ahí. Ese ruido me está taladrando la cabeza. Por favor, basta. Años y años escuchando ese dolor, ese maldito dolor. Sus retorcidas miserias, sus elegías, su abandono. Que se vaya ya mismo de aquí y que no vuelva nunca más. Ni siquiera a pedir auxilio, a desvestir nuestros problemas. Podemos arreglarnos muy bien con esta soledad que abunda, y que carcome nuestros huesos. Necesito que le digan que su mentira nos envenena, nos corroe, nos aliena. Díganle que su aniquilada locura, está matándonos lentamente. Díganle que se borre con la aurora, que se vaya con la oscura luz de la noche, y se pierda en el silencio de los enemigos, absorto, infeliz, desdichado, tal cual nos ha dejado a nosotros, tal cual nos ha dejado como especie y como sobrevivientes de este dolor. Su herida duele más por su boca que por sus vestiduras, su herida es la sal en la sangre de la historia. Quisiera que lo viertan en odio y se destruya en ese mar de lág...

Mawi

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  Olvidarla, evitar, dejar de amarla, esperar, esperar un buen rato, eludir el momento, eclipsar, solo querer que suceda. Esperar, dejar de esperar, evitar su imagen, su espera, sus fases, su angustia, su dilema. Esperar, dejar de esperar. Ansiedad de perderla, momento mágico, camino, São Paulo, los bosques, Mawi, un collar, Nueva Delhi. La India mágica, colorida, los ríos, jardines, tumultuosidad , canciones, una imagen de ella, el escondite donde estuvimos un día, una idea, un recuerdo, esperar, evitar el colapso, evitar, esperar. Solo detenerse en las calles donde fui feliz, detenerse, conversar, evitar, esperar, cambiar y cambiar y cambiar. Una calle, una vida, mil almas.

El avión

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Las luces de bengala estallaron en lo alto, y una luz rojiza encendió el cielo en la distancia. Las blancas nubes de algodón se tiñeron de naranja y amarillo. Cuando la luz se disipó, los próximos segundos fueron de pura incertidumbre. En el horizonte, las aldeas seguían sin dar respuesta. Había tiempo para dos bengalas más, luego, el caos y el miedo comenzarían a colmar el lugar. A los quince minutos, se decidió volver a intentar con la segunda luz de auxilio. La respuesta tampoco sobrevino, y el ansia de no encontrar a ninguna persona con vida, encendía todas las alarmas. Bastaron solo cinco minutos más, para que se decidiera utilizar la última luz de bengala. En un abrir y cerrar de ojos, la atmósfera se iluminó totalmente y se volvió a apagar rápidamente, mientras el ocaso, precipitaba el comienzo de la noche. En la lejanía, ninguna luz de respuesta blandió el atardecer. En poco tiempo, un murmullo embravecido se adueñó del lugar, y comenzó a hacerse más fuerte a medida que pasaban...