El collar de cuentas

 

Detrás de unas nubes color magenta, se escondía Artimud, mientras unos eclóptados giraban en torno a una piedra violeta. Delante de sus pasos, una cebra de color verde fluorescente y unos baobabs jugaban a quererse brevemente. La cebra apenas contestaba las preguntas de aquellos árboles intrincados. <<Que locura>> pensó Artimud <<pensar que nunca había escuchado el lenguaje de los baobabs en la Tierra>>. Detras de sí, una marciana de cabellos grises hablaba con un talagmito de Plutón y unas everniques de Galandea. <<Debo comenzar el viaje rápidamente>> pensó mientras se alejaba, <<aunque no sé por qué me apresuro, si aquí no existe el tiempo>> y sonrió brevemente. Unos ángeles alados de las aldeas del norte aparecieron fugazmente, y se posaron sobre las everniques, que gritaron con rabia. Artimud siguió caminando, y encontró a varios grupos de personas de distintas religiones de la Tierra, que se peleaban por un trofeo dorado en forma de cruz. <<Siempre hacen lo mismo, mañana cantaran la canción de la paz nuevamente>> volvió a pensar mientras los observaba. Siguió avanzando, y pudo ver a lo lejos, que las estrellas del centro galáctico brillaban con más intensidad. <<Que hermoso haber viajado desde la Tierra hasta el centro de la Vía Láctea en cuestión de minutos>> pensó, <<aunque nuevamente, el tiempo es irrelevante>> y volvió a sonreír. A uno de sus costados, un nativo de las Islas Cook y varios alermites celestes aparecieron preguntándole por Buda, pero les contestó que hacía tiempo que no lo veía en aquella dimensión, creía que debía estar en el Salón de los Maestros hablando con el quinto Lama y con el creador universal, pero no podía dar fe de que eso fuera cierto. Ambos le agradecieron por la respuesta, y continuaron preguntando a quienes pasaban por allí, para ver si alguien los acercaba a ese lugar. Artimud siguió caminando, vio a los Pwiltz junto a las aldeas del centro cósmico y el Largo Camino, aquella vía que conduce al otro universo. No pudo continuar, ya estaba muy cansado. <<¿Las almas se cansan?>> se preguntó. <<Es que tu alma aún guarda una conexión>> le respondieron. Se sentó en un atardecer de Nueva Guinea, y luego se apoyó en unas rocas que besaban la arena del mar de Bougainville. Luego, cerró los ojos, y se hundió profundo en un inmenso sueño de conexión. Cuando abrió los ojos, Mawi estaba a su lado. Le dijo: <<Soñé que era Artimud y que estaba en el paraíso universal. Allí pude ver todas las especies, de todos los mundos del universo. Estaban todos compartiendo su sapiencia y su lenguaje, todos en el mismo lugar>>. <<Entonces ha funcionado>> le respondió Mawi <<el collar de cuentas ha comenzado a viajar>>.

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