Hashiro

Hashiro observó los ventanales de las casas, preguntándose porque había dejado de llover. Oculto entre una pequeña hierba que le tapaba un poco la visión, pensó que era muy bonito ver la lluvia deslizándose por los espejos iluminados. Miró hacia la distancia, y las nubes grises cubrían todo el horizonte, evocando una nueva llovizna que comenzaba a mojarlo lentamente. En la calle, casi desierta, una mujer ingresaba a una de las casas iluminadas. El cielo de Kioto volvía a teñirse de gris oscuro, dando paso a una lluvia más intensa, que no daba tregua a los vidrios de luz. Desde allí, podía observar todas las luces amarillas que poblaban sus ojos, y eso le fascinaba. La lluvia no lo cautivaba tanto, pero si el efecto que el agua hacía en la superficie coloreada. De pronto, un intenso resplandor en el cielo hizo vibrar su cuerpo, y en una de las casas alguien abrió la ventana para observar la escena pluvial. Comenzó a gritarle que estaba ahí afuera, y que le encantaba su ventana de luces, pero aquella persona no podía escucharlo. Más gritaba e intentaba, pero era en vano, nadie lo escuchaba. Para colmo, siempre sucedía lo mismo. Pensó que esta vez quizá sería diferente, pero no lo fue; por lo que, resignado nuevamente, decidió volver a su rutina de observar la lluvia y los extensos ventanales, y no tanto la calle y las aceras, que no lo inspiraban para nada. <<Es todo muy hermoso desde aquí>> pensó <<pero también muy monótono>>, le hubiera gustado ser otra cosa, vivir otra experiencia, ser una de las personas que abría y cerraba los cristales luminosos, o quizá, por qué no, ser la lluvia viviendo en los vidrios por un rato, cayendo y cayendo sin parar, mojando los espejos y brillando con la luz del anochecer. Pero no lo era, por lo que continuó iluminando la calle, hasta que su visión se detuvo por unas largas horas de sueño, hasta el atardecer del próximo día. Cuando despertó, la lluvia ya había cesado, y un intenso sol anaranjado iluminaba las calles y las aceras. Volvió a gritarle a las casas y a las personas que caminaban por el lugar, sin obtener respuesta. Nuevamente volvió a desilusionarse, hasta que el fin de la noche lo llevó otra vez al sueño profundo. En el nuevo amanecer recordó que, por unos largos años, sería el mismo farol, de la misma calle de Kioto, hasta que el metal de sus huesos y sus cables internos se desintegraran, y pudiera, al fin, ser la inmensa lluvia cayendo, en los miles de ventanales de colores.

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